"El conde sintió un dolor punzante en el corazón como nunca había sentido. Si ella moría, él no querría seguir viviendo" Julia, Karen Robards.

miércoles, 3 de agosto de 2011

El duque que no sabía amar (Celeste Bradley)

Un matrimonio por conveniencia...
La peligrosamente hermosa Deirdre Cantor está decidida a heredar la vasta fortuna de su abuelo. Lo único que necesita es casarse con un duque... y ser la primera nieta en recorrer el pasillo hasta el altar. Después de todo, siempre ha soñado en convertirse en miembro de la aristocracia. De modo que cuando el recatado Calder Marbrook, marqués de Brookhaven y futuro duque de Brookmoor, es abandonado ante el altar, Deirdre se hace la promesa de convertirse en su esposa, a pesar de las habladurías sobre el pasado del hombre.
Una inconveniente verdad...
Pronto las visiones de Deirdre de una existencia lujosa con su apuesto Calder se hacen pedazos cuando se entera de su impactante secreto. Sintiéndose traicionada, Deirdre busca venganza, poniendo en práctica un peligroso y seductor juego del ratón y el gato con su esposo que amenaza con catapultarlos a ambos a las cimas de la pasión. Deirdre no claudicará ante él, por grande que sea su deseo. Pero... ¿a qué precio? Calder está decidido a guardar su secreto bajo llave, y a hacer suya a su esposa en todos los sentidos. Aunque ello signifique ganarse de nuevo su corazón...”
El duque que no sabía amar es el título de la segunda novela que compone la “Trilogía de las herederas” de Celeste Bradley. En ella se nos cuenta la historia de Calder Marbrook, marqués de Brookhaven, y Deirdre.
Calder es un hombre serio y responsable. Futuro duque de Brookmoor, desde niño ha sido educado para ejercer el papel que le corresponde en la sociedad. Con un padre tiránico, exigente y con una incapacidad natural para demostrar cariño a sus hijos, se ha acostumbrado a controlarlo todo, a dirigir su vida como si de una fábrica, en la que todo debe salir bien, se tratase. Si a su estricta educación se le suma la traición de su mujer, las murmuraciones de la alta sociedad en las que lo tachan de “monstruo” y el abandono de su prometida ante el altar, parece lógico que se haya convertido en un hombre extremadamente reservado y distante, incapaz de confiar en nadie ni de demostrar afecto. Las infranqueables barreras que ha establecido entre él y el mundo, obligan a que aquellos que lo quieren mantengan las distancias.
Deirdre Cantor lleva años enamorada del marqués de Brookhaven. Desde que era poco más que una niña. Cuando él ni siquiera reparaba en ella. Algo bastante normal, por otra parte, considerando que estaba cansado con una de las mujeres más hermosas que Deirdre hubiese visto nunca. Así pues, dadas las circunstancias, no le quedó más remedio que conformarse con coleccionar recortes de artículos de prensa que hablaban del poderoso aristócrata. Así pues, cuando el duque enviudó, no le quedó otra que seguir alimentando esa llamita de esperanza que todavía conservaba. Hasta que él se prometió con su prima y ella se sintió morir. Afortunadamente, para Phoebe aquel hombre no era adecuado y no dudó en fugarse con su verdadero amor: Rafe Marbrook. De este modo, viendo que aquella podía ser su última oportunidad, Deirdre se vio obligada a tomar medidas extremas. Aprovechando la difícil situación del duque y de su reputación, le propone matrimonio. De lo que no se da cuenta en aquel momento es de que casarte con el hombre al que amas está bien… siempre y cuando él te corresponda. Y, desde luego, este no es el caso.
Lo cierto es que El duque que no sabía amar es una novela llena de sorpresas, con giros extraños y personajes peculiares. Los protagonistas son seres atormentados por una infancia traumática que les ha llevado a ser incapaces de demostrar sus sentimientos, a esconderse tras una coraza que no dejan que nadie atraviese. Tanto Calder, cuyo padre no fue un modelo de dulzura, como Deirdre, sometida a una madrastra maltratadora, egoísta y manipuladora; son seres retraídos y distantes. En el caso de Deirdre esto no es tan obvio pues ha sido “entrenada” para mostrarse en sociedad como un ejemplo de encanto y cortesía, pero Calder lo demuestra continuamente con su incapacidad de decir las palabras adecuadas, aún cuando las piense, y de “pifiarla” constantemente con sus silencios, sus órdenes y con esa distancia que mantiene, incluso, con su hija. Los secundarios, por su parte, resultan interesantes. La hija de Calder, con sus constantes intentos de llamar la atención de su padre, da lugar a momentos divertidos y tiernos. El mayordomo, siempre serio, siempre servicial y con una capacidad innata para saber siempre qué es lo que está bien, demuestra que, en realidad, es el más inteligente de todos. Y la pareja de la futura entrega, Sophie y Graham, tienen sus momentos ya en esta novela.
No obstante, a pesar de ser una obra bien construida, con personajes interesantes y momentos tiernos y divertidos, no ha terminado de convencerme. La historia de amor me ha parecido poco creíble, precipitada, incluso. Los protagonistas se pasan la mitad del libro evitándose o discutiendo, a penas cruzan una palabra en una actitud “normal” y, de repente, caen presa de un profundo amor. Tal vez sólo me suceda a mí pero lo cierto es que no me lo creo. Quizá la arrolladora atracción física que existe, supuestamente, entre los personajes podría justificar este desenlace pero no lo tengo del todo claro.
Así pues, aunque Celeste Bradley es una autora cuyas obras suelen gustarme mucho, aunque este duque tan serio y misterioso prometía y aunque la pequeña Meggie me ha parecido un “monstruito” encantador, no he podido evitar sentirme defraudada. Estamos ante una novela que no está mal para pasar el rato pero que, en mi opinión, no hace “sentir” demasiado. Le doy un 7.


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