viernes, 18 de diciembre de 2009

“Si fuera tuyo... pero tú y yo nos conocemos lo suficiente como para saber que esto no lo has escrito tú”

Creo que estas han sido las palabras que más me han dolido en mi vida y no porque hayan sido pocas las veces que me han humillado o criticado, sino porque han sido pronunciadas por una persona a la que, hasta hace algunas horas, admiraba profundamente, alguien cuyo ejemplo había deseado seguir desde que, hace un par de años, puse los pies, por primera vez, en una de sus clases. Y es que, nada más cruzar aquella puerta, me percaté de que estaba ante alguien que valía la pena, uno de esos profesores cuyo recuerdo permanece para siempre en tu memoria pues, de uno u otro modo, han influido en quién eres y en el camino que has seguido.

Aquella primera clase fue, sencillamente, revitalizante para alguien que, quizá, por accidente o, tal vez, porque el destino quiso jugarle una mala pasada, acabó en una carrera que odiaba y amaba en la misma medida.

Llegar a un lugar en el que sentirme “integrada” en una época en la que, fuera donde fuera, me sentía fuera de lugar, supuso un agradable cambio, un consuelo para toda la frustración que me embargaba después de una mañana de desquiciantes análisis sintácticos, aburridas declinaciones en latín e interminables transcripciones fonéticas que me parecían totalmente inútiles y carentes de sentido. Sí, lo reconozco, mi vocación jamás ha estado ligada a nada práctico. Mis aspiraciones siempre han estado dirigidas al mundo literario, a la creación de unas historias que irrumpían en mi mente, sin previo aviso, en los momentos más inesperados; a la plasmación por escrito de unas pretensiones románticas que, aún siendo consciente de lo tremendamente idealistas y utópicas que parecían, estaba completamente segura de poder satisfacer. No he aspirado, sin embargo, jamás, a dedicarme a la escritura. Desde siempre, he sido consciente de lo difícil que resulta entrar en ese mundo, sobre todo, cuando no se tiene el talento suficiente. Nunca he escrito con la idea de que lo que estoy relatando sea bueno. Lo único que he buscado, desde hace ya más años de lo que me gustaría, ha sido plasmar por escrito mis pensamientos, mis sentimientos o, simplemente, mis sueños. Y ha sido ese gusto por los mundos ficticios que tan sólo existen en la literatura lo que me llevó, tras un intento boicoteado de integrarme en el mundo del periodismo, a la facultad de Filología y lo que convirtió las clases de literatura y, sobre todo, las de una disciplina en concreto, en lo único que me animaba a subir a la facultad cada mañana. Y fue eso, también, lo que me hizo elegir una asignatura que sabia que me iba a encantar y que estaba decidida a disfrutar, sobre todo, después de que me dijeran que la figura entorno a la que iba a girar era la del hombre del que me había enamorado a los trece años cuando, sabiendo de mi carácter “patológicamente romántico”, una profesora puso en mis manos el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Y es que don Juan es, desde mi punto de vista, el mito romántico por excelencia. Sea cual sea la autora a la que recurras o la obra a la que te refieras, siempre hay un don Juan o, al menos, algún rasgo donjuanesco en alguno de sus protagonistas. Sebastian St. Vicent, James o Anthony Malory, Derek, Scott o Sam Donovan no son más que ejemplos de ese “don Juan” romántico que toda mujer desea conquistar. Es, pues, el protagonista romántico por antonomasia, el hombre del que, inevitablemente, acabamos enamorándonos todas las lectoras de este género en uno u otro momento... Y, desde luego, es ese hombre al que toda mujer sueña reformar. Precisamente, ese afán por “reformar” a don Juan, ese rechazo hacia las obras que suponen su perdición o que ponen en entredicho su estabilidad psicológica y emocional, fue lo que me llevó a “encapricharme” con una determinada creación a la hora de preparar un trabajo. Trabajo que, lamentablemente, no valdría la pena pues sólo serviría como excusa para humillarme, para acusarme de plagio sin ninguna prueba, para recalcar mi ineptitud para la escritura y, sobre todo, para dejar bien claro que se me considera lo suficientemente estúpida como para copiar a otros autores y exponer alegremente ese plagio ante alguien que, probablemente, ya habrá leído esos “supuestos” estudios cientos de veces. Y eso lo ha hecho, precisamente, ese “alguien” a quien tanto admiraba lo que ha hecho la humillación aun más dolorosa. Jamás pensé que una persona a la que consideraba un ejemplo a seguir, el colmo de la inteligencia y el respeto, la clase elevada a su mayor exponente, fuera capaz de vilipendiar a alguien sin ninguna razón y, lo que es peor, públicamente. Y es que, aun siendo cierto que ese trabajo no fuese más que el plagio de otros autores (cosa que, desde luego, NO ES, pues ni siquiera recurrí a otro estudio que no fuese el recogido en la introducción del ejemplar de la obra que utilicé y sus notas a pie de página), me parece una falta de educación y de respeto absoluta recurrir a la humillación pública. Sinceramente, me parece lamentable que a estas alturas recurramos a esas técnicas de agravio, más propias de maestros de preescolar que pretenden lograr que un alumno caprichoso se comporte “como Dios manda”, que de profesores universitarios. Aun así, como bien me advirtió mi madre el día que le comenté, por primera vez, esa idolatría que profesaba a esta persona, los ídolos caen pero, lamentablemente, quien más sufre la caída es el idolatra. La frustración, el absurdo y el sentimiento de pérdida te llevan a replantearte todo aquello en lo que crees y a preguntarte si, realmente, vale la pena venerar a alguien. Yo, sinceramente, creo que no. Y es que, una vez te han defraudado, ya no hay vuelta atrás y resulta imposible no medir a todos los demás por el mismo rasero.

Así pues, al igual que don Juan llevaba, con sus acciones, a las mujeres del amor al odio a mi me han llevado hoy de la más grande devoción al desprecio más absoluto. Aquel “si algún día me dedico a la enseñanza quiero ser como tal” que pronunciaba ayer orgullosa, se ha convertido hoy en un triste y melancólico “ojalá, si no tengo más remedio que dedicarme a esto, logre ser lo suficientemente justa como para conceder el beneficio de la duda cuando carezca de pruebas, lo suficientemente educada como para decir en privado aquello que pueda, de no ser cierto, causar un daño moral en el destinatario de mis críticas pero, sobre todo, lo suficientemente humilde como para saber que mis juicios no son infalibles y que no debo afirmar algo de lo que ni siquiera yo estoy segura”.

“Si lo hubieras escrito tú tendría que felicitarte...” No es necesario, muchas gracias, al fin y al cabo nunca he sido partidaria de las felicitaciones hipócritas.


martes, 15 de diciembre de 2009

Cuento de Navidad

Aqui os dejo un cuento de Navidad que a mi me ha gustado mucho... Espero que os guste!!!


jueves, 10 de diciembre de 2009

Nueva version... La playa (LOVG)

La verdad es que no soy muy amiga de las comparaciones y menos en lo que a cantantes se refiere. Cada uno tiene su estilo, su voz, su forma de entonar e interpretar. Sin embargo, esta semana he escuchado la nueva versión de un tema que me gusta mucho y que me trae muchos recuerdos, buenos y malos. La playa es para mi, junto con Jueves, una de las canciones que más me gustan de LOVG y si antes me parecía una canción preciosa ahora, en la voz de Leire y con la Orquesta Sinfónica de Bratislava como acompañamiento se convierte en un tema mágico. La suavidad y dulzura de la nueva vocalista de LOVG a la hora de cantar y el nuevo sonido, mucho más rico y espectacular, que aporta la orquesta hace que parezca una canción totalmente nueva. Para mi, un tema digno de escuchar muchas veces. Aquí os lo dejo para que os forméis vuestra propia opinión.




miércoles, 9 de diciembre de 2009

El cuento de Navidad de Auggie Wren (Paul Auster)

Le oí este cuento a Auggie Wren.
Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre.
Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años.
Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo.
Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren.
Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío.
Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros.
Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida.
A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista.
Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada.
A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso.
Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías.
Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo.
Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente.
En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos.
Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla.
Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista.
El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías.
Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.
Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar.
Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca.
Todas las fotografías eran iguales.
Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes.
No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación.
Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

- Vas demasiado deprisa.
Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto.
Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada.
Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente.
Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones.
Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos).
Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos.
Cogí otro álbum.
Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio.
Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí.
Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto.
Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

- Mañana y mañana y mañana - murmuró entre dientes -, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías.
Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos.
Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad.
Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría.
En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico.
¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté.
¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad.
Las propias palabras "cuento de Navidad" tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza.
Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así.
Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental?
Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja.
Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada.
El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza.
Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre.
Me preguntó cómo estaba.
Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

- ¿Un cuento de Navidad? - dijo él cuando yo hube terminado.
¿Sólo es eso?
Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca.
Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes.
Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

- Fue en el verano del setenta y dos - dijo.
Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda.
Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético.
Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable.
Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi.
Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar.
Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic.
Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié.
Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

Resultó que era su cartera.
No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías.
Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.
Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena.
No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él.
Robert Goodwin. Así se llamaba.
Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela.
En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara.
No tuve valor.
Me figuré que probablemente era drogadicto.
Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Así que me quedé con la cartera.
De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto.
Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer.
Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes.
Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina.
Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas.
Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio.
Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio.
Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre.
No pasa nada.
Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme.
Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies.
Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.

- ¿Eres tú, Robert? - dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.

Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.

- Sabía que vendrías, Robert - dice -.
Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.

Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes?
Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.

- Está bien, abuela Ethel - dij e-.
He vuelto para verte el día de Navidad.

No me preguntes por qué lo hice.
No tengo ni idea.
Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé.
Simplemente salió así y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

No llegué a decirle que era su nieto.
No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía.
Sin embargo, no estaba intentando engañarla.
Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas.
Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert.
Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto.
Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos.
Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa?
Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía.
Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.

- Eso es estupendo, Robert - decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo.
Siempre supe que las cosas te saldrían bien.

Al cabo de un rato, empecé a tener hambre.
No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas.
Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas.
Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente.
Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas.
Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo.
Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro.
Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras.
De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad.
Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente.
Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí.
Así de sencillo.
Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca.
Demasiado Chianti, supongo.
Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé.
No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme.
Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui.
Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento.
Y ése es el final de la historia.

- ¿Volviste alguna vez? - le pregunté.

- Una sola - contestó.
Unos tres o cuatro meses después.
Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún.
Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí.
No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

- Probablemente había muerto.

- Sí, probablemente.

- Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

- Supongo que sí.
Nunca se me había ocurrido pensarlo.

- Fue una buena obra, Auggie.
Hiciste algo muy bonito por ella.

- Le mentí y luego le robé.
No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

- La hiciste feliz.
Y además la cámara era robada.
No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

- Todo por el arte, ¿eh, Paul?

- Yo no diría eso.
Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.

- Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?

- Sí - dije -.
Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara.
Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia.
Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría.
Me había embaucado, y eso era lo único que importaba.
Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

- Eres un as, Auggie - dije -.
Gracias por ayudarme.

- Siempre que quieras - contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos.
Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?

- Supongo que estoy en deuda contigo.

- No, no.
Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.

- Excepto el almuerzo.

- Eso es.
Excepto el almuerzo.

Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.

Rima XLII (Gustavo Adolfo Becquer)


Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor.... Con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.

Rima XXIX (Gustavo Adolfo Becquer)

Sobre la falda tenía
el libro abierto;
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros;
no veíamos letras
ninguno creo;
mas guardábamos ambos
hondo silencio.
¿Cuánto duró? Ni aun entonces
pude saberlo.
Sólo sé que no se oía
más que el aliento,
que apresurado escapaba
del labio seco.
Sólo sé que nos volvimos
los dos a un tiempo,
y nuestros ojos se hallaron
¡y sonó un beso!
*
Creación de Dante era el libro;
era su Infierno.
Cuando a él bajamos los ojos,
yo dije trémulo:
—¿Comprendes ya que un poema
cabe en un verso?
Y ella respondió encendida:
—¡Ya lo comprendo!

Rima XXVII (Gustavo Adolfo Becquer)

Despierta, tiemblo al mirarte;
dormida, me atrevo a verte;
por eso, alma de mi alma,
yo velo mientras tú duermes.

Despierta, ríes, y al reír tus labios
inquietos me parecen
relámpagos de grana que serpean
sobre un cielo de nieve.

Dormida, los extremos de tu boca
pliega sonrisa leve,
suave como el rastro luminoso
que deja un sol que muere.
¡Duerme!

Despierta, miras y al mirar tus ojos
húmedos resplandecen
como la onda azul en cuya cresta
chispeando el sol hiere.

Al través de tus párpados, dormida,
tranquilo fulgor vierten,
cual derrama de luz, templado rayo,
lámpara transparente.
¡Duerme!

Despierta, hablas y al hablar vibrantes
tus palabras parecen
lluvia de perlas que en dorada copa
se derrama a torrentes.

Dormida, en el murmullo de tu aliento
acompasado y tenue,
escucho yo un poema que mi alma
enamorada entiende.
¡Duerme!

Sobre el corazón la mano
me he puesto porque no suene
su latido y de la noche
turbe la calma solemne.

De tu balcón las persianas
cerré ya porque no entre
el resplandor enojoso
de la aurora y te despierte.
¡Duerme!



Rima XXV (Gustavo Adolfo Becquer)

Cuando en la noche te envuelven
las alas del tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
diera, alma mía,
cuanto poseo,
¡la luz, el aire
y el pensamiento!

Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
diera, alma mía,
cuanto deseo,
¡la fama, el oro,
la gloria, el genio!

Cuando enmudece tu lengua
y se apresura tu aliento,
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre tus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
diera, alma mía,
por cuanto espero,
la fe, el espíritu,
la tierra, el cielo.


Rima XXIV (Gustavo Adolfo Becquer)


Dos rojas lenguas de fuego

que a un mismo tronco enlazadas

se aproximan, y al besarse

forman una sola llama.



Dos notas que del laúd

a un tiempo la mano arranca,

y en el espacio se encuentran

y armoniosas se abrazan.



Dos olas que vienen juntas

a morir sobre una playa

y que al romper se coronan

con un penacho de plata.



Do jirones de vapor

que del lago se levantan,

y al juntarse allá en el cielo

forman una nube blanca.

Dos ideas que al par brotan,

dos besos que a un tiempo estallan,

dos ecos que se confunden,

eso son nuestras dos almas.

Rima XXIII (Gustavo Adolfo Becquer)


Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... ¡yo no sé
qué te diera por un beso!

Rima XXI (Gustavo Adolfo Becquer)


¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul;

¡Qué es poesía! ¿Y tu me lo preguntas?

Poesía... eres tu.

Rima XVII (Gustavo Adolfo Becquer)

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...
¡hoy creo en Dios!

jueves, 3 de diciembre de 2009

Rima XXX (Gustavo Adolfo Becquer)

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y se enjugó su llanto,

y la frase en mis labios expiró.



Yo voy por un camino: ella, por otro;

pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún ¿por que callé aquel día?

Y ella dirá ¿por que no lloré yo?



Rima XIII (Gustavo Adolfo Becquer)

Tu pupila es azul y cuando ríes

su claridad suave me recuerda

el trémulo fulgor de la mañana

que en el mar se refleja.



Tu pupila es azul y cuando lloras

las transparentes lagrimas en ella

se me figuran gotas de rocío

sobre una violeta.



Tu pupila es azul y si en su fondo

como un punto de luz radia una idea

me parece en el cielo de la tarde

una perdida estrella.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Irresistible

Amanda Briars es una escritora de éxito y una solterona sin aspiraciones amorosas. A sus treinta años nunca ha mantenido relaciones con un hombre y, con motivo de su cumpleaños, decide poner fin a esta situación contratando a un gigolo. Decidida, aunque avergonzada, acude a Gemma Bradshaw, una conocida madame, y le explica su situación. Esta, conmovida por la mujer que, ademas, le ha caído simpática, decide llevar a cabo un insólito plan.
Jack Devlin es el dueño de un imperio, el editor más importante de Londres y uno de los hombres más ricos de Inglaterra. Si a eso le añadimos su enorme atractivo y su agudo sentido del humor, nos encontramos con un hombre al que no le falta compañía femenina. Sin embargo, su oscuro pasado le impide entregarse por completo a alguien por lo que sus relaciones suelen ser cortas y poco profundas.
Cuando Amanda abre la puerta al atractivo desconocido que Gemma le ha enviado no sabe que acaba de decidir su destino. El hombre que tiene delante no sólo es extremadamente guapo sino que su desvergüenza, su arrogancia y su sempiterna sonrisa despertará en ella sentimientos que jamás había experimentado: la necesidad de aventura, de afecto y el placer de sentirse deseada.
Tras un apasionado primer encuentro, Jack y Amanda verán como sus vidas se ven irremediablemente entrelazadas y como los sentimientos entre ellos son cada vez más intensos.

Irresistible es una novela cuyo titulo le viene al pelo ya que es, sencillamente, IRRESISTIBLE. Y es que es una obra que atrapa al lector desde la primera pagina en una vorágine de pasión, diversión y ternura. Y es que tanto los personajes como la historia en si misma resultan tremendamente divertidos.
Jack es un libertino encantador, uno de esos hombres que consiguen hacerte reír aunque no quieras. Las pullas que le dedica a Amanda son constantes pues le gusta hacerla “salirse de sus casillas”. Sin embargo, tras esa imagen despreocupada y jovial, se esconde un hombre que ha sufrido en sus carnes lo que es ser rechazado por tu progenitor, maltratado, humillado, y lo que cuesta salir adelante sin la ayuda ni el apoyo de nadie. Eso, precisamente, es lo que lo ha convertido en el hombre distante y controlador que es. Y es que, aunque parezca un individuo tranquilo y despreocupado, Jack Devlin es un hombre que jamás pierde el control y que siempre actúa según sus propios intereses... Hasta que una pequeña e inocente escritora entra en su vida... y lo desarma por completo.
Amanda Briars ha aceptado que es una solterona. Es consciente de que no es una belleza. Sabe que no es la mujer perfecta y que no debería dar sus opiniones sobre cualquier cosa tan alegremente como lo hace... Pero lo que se niega a aceptar es que jamás sabrá lo que se siente al estar con un hombre. Por lo que, demostrando que es una mujer decidida, decide poner fin a su problema. Sin embargo, y contrariamente a lo que pueda parecer, Amanda es una mujer insegura, acomplejada, a la que le cuesta mucho relacionarse. Ha dedicado su vida a escribir, a plasmar por escrito esas aventuras y sensaciones que le gustaría vivir. Para ella Jack es un inalcanzable, un hombre demasiado atractivo y encantador como para fijarse en alguien como ella y por eso su interés la descoloca por completo.
En Irresistible encontramos también a otro de los personajes “entrañables” de Kleypas. Y es que Gemma Bradshaw, la que sera mentora de Nick Gentry, demuestra aquí que es una mujer encantadora y de buen corazón a la que no le importa echarle una mano a quien lo necesite. Los demás personajes secundarios son, en su mayoría, igualmente encantadores. Los “malos” brillan por su ausencia y están más presentes en los recuerdos de los protagonistas que en la realidad.
En resumen, Irresistible es una novela que merece la pena leer... Y como buen Kleypas que se precie, merece releerse más de una vez.


Fanicf - aNobii

Fanicf - aNobii

aNobii: Estadísticas de la estantería

aNobii: Estadísticas de la estantería

El precio del amor (Lisa Kleypas)

Nick Gentry es uno de los delincuentes más temidos y admirados de Londres. El pueblo lo admira porque ven en el una especie de Robbin Hood, un héroe capaz de detener a los delincuentes más peligrosos y buscados. La policía de Bow Street, sin embargo, lo ve como un delincuente al que deben dar caza y cuya detención les traerá muchos problemas con el vulgo. Así pues, la situación no puede ser más complicada... ¿O si?

John Sidney ha muerto y su fallecimiento ha sido llorado durante muchos años por su encantadora hermana Sophia. De hecho, convencida de que se había cometido con el una injusticia, la joven decidió vengar su muerte hundiendo al hombre que lo condenó, Sir Ross Cannon. Lamentablemente, las cosas no salieron como esperaba. Sir Ross no era, en absoluto, como ella pensaba y, además... ¡Descubrió que el terrible Nick Gentry guardaba un asombroso parecido con John! Y es que el joven vizconde ha tenido que adoptar una identidad diferente para poder sobrevivir. Así pues, dado que Sir Ross no puede condenar al hermano de su esposa, no le queda más remedio que recurrir a su ingenio para castigarlo. ¿Y que castigo mejor que convertirlo en aquello que tanto desprecia? De este modo, el joven y rebelde Gentry se ve obligado a convertirse en agente y a trabajar al lado de su cuñado con el que no mantiene una relación excesivamente cordial. Lógicamente, no tardara en convertirse en el mejor agente del cuerpo.

La vida no ha sido fácil para Charlotte Miller. Comprometida desde niña con el viejo y desagradable lord Radnor ha visto como su existencia era controlada, hasta en el más mínimo detalle, por este. Finalmente, incapaz de seguir soportando la situación, ha acabado por huir. Sin embargo, su huida no ha supuesto el fin de sus problemas sino, más bien, lo contrario. Durante años ha sido buscada por detectives y agentes contratados por su prometido a los que, afortunadamente, ha podido burlar. Pero la suerte no dura para siempre y en algún momento tenían que encontrarla... Sobre todo si el hombre al que ha contratado esta vez es el mejor agente que ha pasado por Bow Street. Mas ella no está dispuesta a dejarse atrapar tan fácilmente. Ni siquiera si su captor es el hombre más atractivo y seductor que ha conocido jamas.

El precio del amor supone la tercera entrega de la Serie de agentes de Bow Street de Lisa Kleypas. En ella nos encontramos, por fin, con el misterioso Nick Gentry, el fascinante delincuente que trae de cabeza a los agentes de Bow Street... ¡Y a más de una seguidora de la serie! Y es que, a pesar de ocupar un papel fundamental en la novela anterior, poco hemos podido saber hasta ahora de este joven y atractivo individuo. Aunque en los capítulos finales de El amante de lady Sophia desvelaba su verdadera identidad, el misterio que lo rodeaba seguía ahí, las preguntas sobre su pasado se sucedían y la espera que teníamos que sufrir hasta que apareciese su novela, y con ella las respuestas tan deseadas, se hacia eterna. Pero, finalmente, El precio del amor hizo su aparición y con ella el velo de misterio tras el que se escondía Nick Gentry se desvaneció.

John Sidney es un hombre para el que la vida no ha sido fácil. Siendo apenas un niño vio como su existencia, hasta ese momento cómoda y tranquila, sufría un cambio radical. Y es que, tras la muerte de sus progenitores, su hermana y el se vieron obligados a abandonar la vida de comodidades que habían llevado hasta el momento y a luchar por subsistir. Para su hermana no fue fácil... Pero para el resultó casi imposible. En esos años en los que no tenía un techo bajo el que dormir ni nada que llevarse a la boca, se vio obligado a cometer actos de los que no se siente orgulloso y acabó por ser condenado y encerrado en una prisión flotante. Cuando, años después, logra huir de aquel terrible lugar, su vida, su carácter y su forma de pensar han cambiado radicalmente. John Sidney ha desaparecido y su lugar lo ocupa ahora Nick Gentry, un individuo valiente, tenaz, acostumbrado al peligro y al que no le importa hacer lo que sea necesario para poder salir adelante. Al fin y al cabo, cuando la mayor parte de tu vida ha transcurrido en un infierno y tu alma ha sido condenada para siempre, poco importan ya las absurdas leyes morales. En el averno no hay lugar para los remordimientos y eso es algo que Nick sabe muy bien. Pero en cuanto conoce a Lottie se da cuenta de que ha cometido un error. Y es que con ella le resulta prácticamente imposible mantener las distancias, tal y como hace con todos los demás, incluida su hermana. Nada más verla se da cuenta de que no es una mujer corriente, de que es una superviviente, igual que el. Ahora tendrá que decidir si seguir adelante con su misión y demostrar que es el mejor... o fallar, por una vez, y ayudar a la pobre muchacha.

Lottie es una joven dulce, tranquila y amable, acostumbrada a preocuparse por los demás, a comportarse tal y como se espera de ella y a dejar sus necesidades y deseos en último lugar. Su vida jamás le ha pertenecido, siempre ha estado controlada por otros a los que, lamentablemente, no les importaba demasiado si ella era feliz o no. Así pues, cuando abandona su hogar y a aquellos a los que quiere para evitar un matrimonio que sabe que la hará desgraciada, siente que, al fin, es libre. Sin embargo, las cosas nunca salen tal y como se espera, y su prometido no duda en enviar hombres en su busca inmediatamente. Esas persecuciones a las que se ve sometida, la presión y el temor a ser descubierta y a que sus esfuerzos no sirvan de nada, la convierten en una mujer desconfiada, callada, que no deja que nadie se acerque demasiado a ella. Hasta que el vizconde Sidney aparece en su vida y logra abrirse un hueco en el muro tras el que se esconde la insegura Lottie... Lástima que, al final, nada sea lo que parece...



Ademas de Nick, hay otros personajes a lo que ya conocíamos y que aparecen de nuevo en esta novela. Sophia y su esposo, Sir Ross Cannon, ocupan un lugar fundamental entre los personajes secundarios, así como Grant, protagonista de Ángel o demonio, la primera entrega de la serie. Todos ellos, así como muchos otros a los que vemos por primera vez en esta novela, contribuirán a que El precio del amor se convierta en una novela divertida, entretenida, repleta de momentos tiernos y risueños conjugados con escenas de tensión e intriga que no permiten que el lector pierda el interés en ningún momento.

Sin duda, una de las novelas más recomendables de la Kleypas y uno de sus personajes más atractivos. Simplemente, un libro que merece la pena leer más de una vez.



martes, 1 de diciembre de 2009

Porque eres mia (Lisa Kleypas)

Logan Scott es un hombre hastiado y solitario, un seductor al que sólo le interesan las mujeres mientras que disfrute con ellas pero que no duda en abandonarlas en el momento en el que comienzan a aburrirle. Su única vía de escape, su refugio, es el teatro y esto le ha llevado a convertirse en el mejor y más aclamado actor de Inglaterra. Pero, a pesar de sus riquezas y su éxito, Logan es un hombre cansado y sin sueños, condicionado por los rechazos y desengaños sufridos en el pasado, que ha convertido en el objetivo de su vida demostrar a todos aquellos que lo humillan y rechazan que, a pesar de sus orígenes humildes, ha alcanzado la cima, todo aquello que desea, y ha logrado una riqueza e influencia mayor que la de muchos aristócratas.

Acostumbrado al orden y a tenerlo todo bajo control, cuando Madeline Mathews entra en su vida siente que su estabilidad psicológica corre peligro. Y es que la joven es como un torbellino que lo revoluciona todo e invade su vida. Dulce, cariñosa, alegre, espontanea y trabajadora, representa todo aquello que Logan teme. Pero cuando, durante una grave enfermedad, Maddy se mantiene a su lado y lo cuida como nadie lo ha hecho nunca antes, Logan no puede seguir negando sus sentimientos... Aunque, desgraciadamente, las cosas nunca son lo que parecen.

Maddy esta dispuesta a cualquier cosa para librarse de un matrimonio desgraciado con un anciano al que desprecia. Por eso le parece completamente admisible acudir a un seductor como Logan Scott para que la deshonre... Lo que la sorprenderá será que, en lugar de un calavera, encontrará a un hombre serio, responsable y honorable del que sería muy fácil enamorarse.


Esta es la segunda entrega de la serie Teatro Capital de Lisa Kleypas. En ella nos encontramos de nuevo con Logan Scott a quien habíamos conocido ya en su antecesora, Mi bella desconocida. En esta ocasión, podemos conocer realmente al hombre que se esconde tras el actor controlado y frío que se nos presentaba en la anterior. Scott es un individuo serio, controlado, que mantiene las distancias con el mundo. Misterioso y terriblemente atractivo, esta acostumbrado a levantar pasiones allí donde vaya. El sexo débil sucumbe a sus encantos sin remedio, sin que le cueste ningún esfuerzo, y eso es, probablemente, lo que hace que se aburra de las mujeres tan fácilmente. Para él Madeline supone un cambio radical, una ráfaga de aire fresco, pues no es más que una niña recién salida de la escuela que nada sabe del mundo ni, desde luego, de los hombres. Esto, precisamente, es lo que le lleva a rechazarla desde el primer momento. Logan siente, inevitablemente, el deseo de protegerla, de esconderla, para que nadie le haga daño. Y eso es algo que no le gusta, que desea evitar por todos los medios. No quiere implicarse demasiado con nadie, que nadie dependa de el y, desde luego, no esta dispuesto a enamorarse pues la experiencia le ha enseñado que el amor causa debilidad y que la persona amada es la que más daño acaba infringiendo. Por este motivo, desde el principio, intenta apartarse de Madeline, mantenerla alejada. Pero la insistencia de la joven, su carácter bondadoso que le lleva a perdonar cualquier ofensa que le inflija, hará prácticamente imposible su cometido.

Madeline es una joven alegre, dulce, cariñosa, optimista, tremendamente trabajadora y espontanea... Un dechado de virtudes si no fuese porque es la persona más obstinada que ha pisado alguna vez el teatro Capital. Decidida a acabar con su reputación, se presenta en el teatro sin otro objetivo que el de seducir a su dueño... algo que no le resultará nada fácil pero de lo que no desistirá hasta haberlo alcanzado. Y es que necesita “echarse a perder” antes de que sea demasiado tarde y se vea empujada al altar de la mano del decrépito e insoportable lord Clifton. Con lo que no contará la joven será con que el famoso libertino al que está decidida a seducir sea, en realidad, un trabajador y serio hombre de negocios, un actor preocupado por su carrera y por el éxito de sus obras y un individuo demasiado inteligente como para dejarse enredar. Así pues, la obstinación, su mayor defecto, sera su única arma para derrotar al joven actor.

Lo cierto es que Porque eres mía se encuentra en ese grupo de novelas que leo y releo constantemente (que son bastantes, he de reconocerlo). Ya en Mi bella desconocida el misterio que rodeaba a Logan, las referencias a su trágico pasado así como su carácter distante y frío lo convirtieron en un personaje fascinante para mi, alguien de quien deseaba saber más... y cuanto antes. Así que, cuando su novela cayo en mis manos no pude esperar más que un par de minutos antes de comenzar a leerla (literalmente, pues, en cuanto salí de la librería, me senté en la parada del autobús y me leí el primer capitulo). Y la verdad es que creo que valió la pena. Porque eres mía es una novela tremendamente lograda, con unos personajes (tanto principales como secundarios) psicologicamente muy trabajados y completos y que se ganan el cariño del lector (o el odio en el caso de los antagonistas) desde el primer momento. Las escenas del teatro, las descripciones del mundo de los actores, así como las continuas referencias a obras o papeles, sumergen al lector en ese fascinante mundo, permitiéndole conocer “desde dentro” ese ambiente.

En resumen, una novela que, aunque, en mi opinión, no alcanza el nivel de obras como Sueño contigo, no tiene desperdicio.