sábado, 18 de julio de 2009

Lady Victoria

Londres, una noche de otoño.
La amaba. Estaba segura de ello. Al fin y al cabo le había sonreído. Vale, quizá una chica sensata necesitase algo más que una simple sonrisa para llegar a la conclusión de que el hombre de sus sueños estaba perdidamente enamorado de ella, pero Victoria jamás había sido exigente y, mucho menos, sensata. Así pues, se dio por satisfecha con aquella sonrisa y decidió que Martin acababa de enamorarse de ella. Además, para que alguien pudiera comprenderla tendría que haber visto el modo en que le sonrió cuando la descubrió escondida en un rincón.
—Martin —susurró, sólo para saber cómo sonaba su nombre en voz alta.
Sí, sonaba perfecto. Claro que era lo que cabía esperar de un hombre como él. Martin Alexander Caxton, marqués de Bristol y futuro duque de Sheffield, era el hombre perfecto. Alto, delgado, de espalda ancha y caderas estrechas, constituía la percha perfecta para los elegantes trajes que vestía. Caminaba con una elegancia y seguridad que la mayoría de los hombres de Londres se esforzaba por imitar pero que muy pocos conseguían. Y su cara…
Victoria suspiró.
Su cara era la de un auténtico ángel caído. Sus ojos, de un sorprendente color aguamarina, eran profundos y misteriosos y siempre brillaba en ellos una chispa de diversión como si, en el fondo, se estuviese riendo de todos los que lo rodeaban. Tenía la nariz recta, la frente amplia y el pelo, negro como el azabache, caía en suaves rizos sobre su nuca. No obstante, su rasgo más fascinante se encontraba, sin duda, en su boca. Una boca de labios finos y dientes tremendamente blancos. Pero no era eso lo que provocaba los suspiros de las damas y las hacía soñar con ser besadas por ese hombre. No, lo que lo hacía tan irresistible era su sonrisa. Victoria había escuchado a lady Ashford describirla como una sonrisa sensual que prometía placeres indescriptibles y aunque ella no tenía ni idea de qué significaba sensual y se moría por saber qué placeres eran esos, le había gustado tanto la descripción que la había memorizado. Le habían parecido unas palabras muy adultas y, dado que a sus doce años su vocabulario en lo que a hombres se refería era bastante limitado, había decidido aprendérselas para cuando tuviera que explicarles cómo era su futuro esposo a sus amigas.
Suspirando sonoramente, se apoyó en la columna tras la que se estaba escondiendo.
Sabía que debía volver a su cuarto antes de que su madrastra la encontrara y le explicara durante horas por qué una niña de su edad no podía estar despierta tan tarde y, mucho menos, espiar a los invitados de sus padres.
Con un repentino acceso de gratitud, buscó a lady Alice, la mujer que representaba el único elemento sólido en la vida de la pequeña. La localizó rápidamente, cerca de la mesa de los refrigerios en compañía de lord Bradford que, como siempre, la llevaba firmemente sujeta del brazo como si temiera que se fuera a escapar de un momento a otro.
Al verlos juntos, Victoria reparó en las numerosas diferencias que había entre ellos. Alice era hermosa, rubia y esbelta, con una dulce y sempiterna sonrisa que ni siquiera el mal carácter de su esposo había logrado apagar. Había sido obligada a contraer matrimonio para solucionar los problemas económicos de su familia. Bueno, en realidad no los de toda la familia sino sólo uno. Richard Monkfield, vizconde de Silverwood, había apostado a su hermana en una partida de cartas…
Y la había perdido.
Sobra decir que su adversario no era otro que lord Bradford, quien había estado encantado de conseguir una nueva esposa sin tener que tomarse la molestia de cortejarla.
Alice no había protestado, había aceptado su papel en el asunto y, en pocas semanas, se había convertido en lady Bradford. Sin embargo, antes de dar el sí había jurado vengarse de esos dos hombres que la había utilizado como moneda de cambio, como si no fuera nada más que una de sus posesiones. Estaba decidida a hacer pagar a su hermano el haberla casado con aquel individuo que, además de ser mucho mayor que ella, era un borracho y un bruto. Pero el destino se le había adelantado. Richard había muerto unos meses después y el modo en que se había producido su muerte le había servido a ella de venganza. El gran vizconde de Silverwood había fallecido durante un duelo, como un valiente, con la cabeza bien alta…
Lástima que él no tuviera nada que ver con el duelo en cuestión.
Richard Monkfield volvía a casa tras una larga noche de juerga. Le dolían los huesos, estaba cansado y, dado que sus pies parecían haber sido colocados en unas piernas distintas a las propias, sospechaba que había bebido más de la cuenta por lo que decidió tomar un atajo atravesando Hyde Park. Lógicamente, el parque estaba desierto y el vizconde aprovechó esos momentos de paz y tranquilidad para llevar a cabo una hazaña: pensar.
Empezó por analizar lo que había conseguido en su vida pero, dado que no había logrado absolutamente nada o, al menos, nada que valiera la pena recordar, esto no le llevó demasiado tiempo. Decidió, entonces, pensar en algo más placentero y recordó a su amante. Se llamaba Eloisa y, aunque no era una belleza fuera de lo común, llenaba el corpiño como ninguna otra. Pensando en el relleno del corpiño de Eloisa, no se percató de que se encontraba en una de las zonas más remotas de Hyde Park y que cinco individuos lo miraban con cara de incredulidad. Y es que, tan ensimismado como iba pensando en los pechos de su amante, había pasado tranquilamente entre los dos duelistas…
Justo en el momento en que disparaban.
Bajando la mirada hacia su pecho, se dio cuenta de que la bala le había dado en el corazón o, al menos, muy cerca de él. Su último pensamiento fue para aquellos hombres.
¿Qué clase de idiotas se batían a duelo en el mismísimo centro de Londres?
Así pues, Alice se había dado por satisfecha cuando, a las pocas horas, toda la ciudad hablaba de la ridícula muerte de su hermano. No es que se alegrara, a pesar de todo eran familia y le tenía cariño, pero ahora que ya no estaba sería absurdo seguir adelante con sus planes de venganza.
Así pues, trasladó su rencor a su esposo y juró que lo haría comer en la palma de su mano. A los pocos meses, y a pesar del odio que lord Bradford sentía hacia las mujeres, Edmund estaba totalmente domesticado.
Victoria, por su parte, adoraba a su madrastra ya que, para ella, era lo más parecido a una madre que había conocido. Aunque durante los primeros años de matrimonio no le había prestado demasiada atención, en los últimos tiempos se había convertido en su mejor amiga. Alice la llevaba de compras, la escuchaba y se reía con ella. Era la única que sabía que se había enamorado de Martin a los nueve años cuando, mientras paseaba con su niñera, lo había visto discutir con una dama y ser arrojado al Támesis sin contemplaciones. Seguramente no había sido un modo demasiado romántico de enamorarse pero, al menos, había sido original y así se lo había contado a su madrastra nada más llegar a casa. Esta, tras la sorpresa inicial, había estallado en carcajadas.
—Deberías haberlo visto —comentó Victoria—, salió un poco sucio y olía bastante mal pero, aún así, es el hombre más guapo que he visto nunca. Es… ¡Oh, Ali, creo que me he enamorado!
—La verdad es que Martin hace años que se merece que le paren los pies —dijo la dama tras observar durante unos instantes la mirada soñadora y la sonrisa embobada de su hijastra—. Está acostumbrado a usar a las mujeres sin preocuparse por sus sentimientos.
—¿A usar a las mujeres? —Victoria la observó perpleja, preguntándose de qué manera se podía usar a una mujer.
Viendo su expresión interrogante, Alice se maldijo en voz baja por haber despertado la terrible curiosidad de la niña y, temiendo la oleada de preguntas que solía venir a continuación, se apresuró a dirigir su atención hacia un tema menos conflictivo.
—Bueno, la verdad es que Caxton es un hombre muy apuesto, además de joven. Y, algún día, será duque.
La niña suspiró y cerró los ojos.
—Y yo voy a ser su duquesa —aseguró—. Le diré a papá que quiero pedir su mano inmediatamente. El matrimonio entre nosotros será ventajoso para ambas partes… Por cierto, ¿qué significa ventajoso?
­—Mmm… beneficioso, que será bueno para todos —respondió Alice preguntándose de dónde habría sacado su hija aquella retahíla—. De todas formas, creo que hay algo que deberías saber. Las damas no piden la mano de los caballeros, son ellos los que deben tomar la iniciativa.
—¡Qué tontería! —exclamó, indignada—. Y si el hombre no se decide nunca, ¿tenemos que sentarnos a esperar hasta que seamos unas ancianitas?
—Supongo que sí. De todos modos, para conseguir casarte con Martin lo primero que debes conseguir es que se fije en ti. Aunque tengo entendido que no quiere ni oír hablar del matrimonio.
—¡Bah, tonterías! —y, con una seguridad impropia de una niña de su edad, añadió—. Se opone al matrimonio porque aún no se lo he pedido yo.
Victoria suspiró pensando en que, aunque le había llevado tres años, acababa de cumplir su sueño. Ahora, lo único que tenía que hacer era formalizar el compromiso y casarse cuanto antes con el amor de su vida. Claro que antes debería hablar con Martin del asunto.
Frunció el ceño. Deberían decidir la fecha de la boda inmediatamente. Aunque no estaba vestida para la ocasión, como no contaba con un suceso tan importante había bajado en camisón, decidió que lo arreglaría todo esa misma noche. Lo primero era buscar a su futuro esposo y hablar con él en privado. Mary, la niñera, le había dicho que una dama no podía comprometer su virtud quedándose a solas con un caballero pero Victoria no tenía ni la más remota idea de cuál era esa virtud tan importante que debía proteger y, como no creía que Martin tuviera el menor interés en ella, decidió hablar con él en la biblioteca que, seguramente, estaría vacía.
De este modo, tras escribir una nota con su mejor caligrafía, pidió a uno de los criados que se la llevase. El pobre hombre se la quedó mirando estupefacto pero, al ver sus ojitos suplicantes, acabó accediendo.

Algunos minutos más tarde, la pequeña miraba como la puerta de la biblioteca se abría y Martin Caxton entraba en la habitación. Sus ojos brillaron divertidos cuando vio a un angelito de cabellos dorados que lo miraba con el ceño fruncido.
—He recibido una nota en la que se me solicita una audiencia inmediatamente —comentó, despreocupado.
—Se ha tomado su tiempo, ¿eh? Espero que en el futuro nunca me haga esperar tanto.
El hombre la miró, perplejo.
—¿Sabes lo que es una audiencia? —preguntó, ignorando su extraño comentario.
—Mmm… no, pero se lo he escuchado decir a mi padre, así que debe tratarse de algo importante.
—Bueno, duendecillo —dijo, divertido—, ¿me puedes decir qué es eso tan importante que tienes que tratar conmigo?
—Quiero pedir su mano —continuó ella, tranquilamente—. Creo que será un acuerdo muy ventajoso para ambas partes y que todos saldremos beneficiados con este compromiso.
Martin la observó durante unos instantes, debatiéndose entre la incredulidad y la diversión. Finalmente, ganó esta última y estalló en sonoras carcajadas.
—¿Tienes idea de lo que acabas de decir?
—Bueno —comentó, pensativa—, la verdad es que no. Pero creo que es lo que se dice cuando se pide a alguien en matrimonio.
—Sí, parece que tienes práctica en estas cosas. ¿A cuántos has pedido ya que se casen contigo?
Victoria lo fulminó con la mirada y colocó las manos en las caderas, tal como había visto hacer a su niñera cuando se enfadaba.
—¿Por quién me toma? Sólo se lo he pedido a usted, Excelencia. No quiero nada con ningún otro. Y la petición es la misma que le hizo William Wayne a tío George cuando pidió la mano de mi prima.
—Entonces, sólo me quieres a mí… —parecía realmente perplejo—. ¿Se puede saber por qué?
—Pues porque estoy enamorada de usted, milord. Justo desde el día en que lo tiraron al Támesis.
Durante algunos segundos, la biblioteca se sumió en el más absoluto silencio. Martin la miraba fijamente, como si intentara descifrar algún enigma. Finalmente, cuando Victoria empezaba a preocuparse, una sonrisa iluminó su rostro.
—Así que me viste hacer el ridículo y te enamoraste —comentó, confuso—. Creo que esta es la declaración de amor más sorprendente que me han hecho nunca.
Se quedó callado durante unos instantes, con la mirada perdida y los labios apretados. Cuando continuó, la ternura con la que le hablaba hizo que el corazón de la niña se saltara un latido.
—¿Sabes, duendecillo? Creo que eres la única mujer que realmente se ha fijado en mí porque lo que tú viste cuando salí sucio y oliendo a rayos es lo que soy en realidad.
Se inclinó y le dio un suave beso en la frente. El corazón de Victoria dejó de latir, se olvidó de respirar y, por unos instantes, su mundo dejó de girar.
¡Martin Caxton acababa de besarla!
Cuando volvió a la tierra él ya había abierto la puerta. Antes de salir, se giró.
—Todavía eres demasiado joven pero si dentro de algunos años sigues queriendo mi mano, házmelo saber. Si alguna vez pienso en casarme, la única mujer a la que querré como esposa serás tú.
Aquellas eran las palabras que tanto deseaba. Bueno, no exactamente ya que esperaba un compromiso inmediato pero se le parecían bastante.
Aquel era el momento con el que llevaba soñando desde los nueve años…
La verdad es que tampoco lo había soñado así. Había esperado algo más espectacular, más estremecedor, pero tendría que conformarse.
Bien, aquel tenía que ser el momento más feliz de su vida, de eso sí que estaba totalmente segura…
Sin embargo, en lugar de alegría, lo que vio en los ojos de aquel hombre sólo le produjo una profunda tristeza. Y es que, aún cuando no fuera consciente de ello en ese momento, Victoria acababa de descubrir que el disoluto, libertino y jovial Martin Alexander Caxton era, ni más ni menos, que un actor, un ser solitario y atormentado que se escondía bajo una armadura de apariencias.
Sonriendo, se dirigió a la puerta. En cuanto se casara con ella no volvería a estar solo. Lo único que tenía que hacer era crecer lo antes posible. Sólo faltaban dos meses para que cumpliera los trece años y quizá entonces él la aceptara.
Sintiéndose la mujer más feliz del mundo, salió al pasillo. Lo que menos se imaginaba era que, unos minutos después, le romperían el corazón…
Y cambiarían su vida.

domingo, 5 de julio de 2009

EL DUQUE Y YO




Cuando llegaron a Hastings House, salió un mozo a encargarse de los caballos y Simon y Daphne subieron las escaleras y entraron en casa. Y allí se encontraron frente a los tres hermanos Bridgerton. - ¿Qué diablos estáis haciendo en mi casa?- preguntó el duque. Lo que más deseaba en ese momento era subir la escalera y hacerle el amor a su mujer y, en lugar de eso, se había encontrado con aquel beligerante trío. Estaban de pie con la misma postura: las piernas separadas, las manos en las caderas y la barbilla separada. Si no estuviera tan enfadado con ellos por verlos allí, seguramente se habría preocupado. Simon no tenía ninguna duda de que, si llegaban a las manos, podría con uno, incluso con dos, pero ante los tres era hombre muerto. - Hemos sabido que habías vuelto- dijo Anthony. - Así es- aseguró Simon-. Ahora marchaos. Simon se giró hacia su mujer. - ¿A cuál de los tres debería disparar primero? Daphne miró a sus hermanos con el ceño fruncido. - No tengo ninguna preferencia. - Tenemos algunas peticiones antes de que te puedas quedar con ella- aclaró Colin. - ¿Qué?- exclamó Daphne. - ¡Es mi mujer!- gritó Simon, más fuerte que Daphne. - Primero fue nuestra hermana- aclaró Anthony-, y la has hecho infeliz. - Esto no es asunto vuestro-insistió Daphne. - Sí que lo eres- dijo Benedict. - Es mi asunto- dijo Simon-, así que fuera de mi casa de una vez. - Cuando los tres tengais vuestras propias mujeres, entonces podreis darme consejos-dijo Daphne, enfadada-. Pero, hasta entonces, guardaos vuestros impulsos de entrometeros. - Lo siento, Daff- se disculpó Anthony-, pero en esto no vamos a cambiar de opinión. - ¿En qué?-dijo ella-. Aquí no cuenta vuestra opinión. ¡No es asunto vuestro! Colin dio un paso adelante. - No nos iremos hasta que estemos convencidos de que realmente te quiere. Daphne palideció de golpe. Simon nunca le había dicho que la quería. Se lo había demostrado, de mil maneras, pero nunca se lo había dicho con palabras. Y quería que, cuando lo hiciera, fuera porque lo sintiera y no porque los estúpidos de sus hermanos lo hubieran obligado. - Colin, no lo hagas- susurró, odiando el tono de súplica de su voz-. Tienes que dejar que pelee mis propias batallas. - Daff. - Por favor- le rogó ella. Simon se interpuso entre los dos. - Si nos disculpas- le dijo a Colin y, por extensión, a Anthony y Benedict. Se llevó a Daphne al otro lado del recibidor para hablar en privado. Le hubiera gustado poder ir a otra habitación, pero estaba seguro de que los tres los hubieran seguido. - Siento mucho lo de mis hermanos- se disculpó Daphne un poco alterada-. Son unos idiotas y no tenían ningún derecho a invadir tu casa. Si pudiera renegar de ellos, lo haría, te lo juro. Y después de esto, no me extrañaría que no quisieras tener hijos nunca... El duque la hizo callar con un dedo en los labios. - En primer lugar, es nuestra casa, no mi casa. Y en cuanto a tus hermanos, me sacan de quicio, pero sólo lo hacen por el amor que sienten por ti- Se inclinó un poco pero sólo lo suficiente para que Daphne pudiese sentir su respiración rozando su piel-. ¿Y quién puede culparlos? A Daphne se le detuvo el corazón. Simon se acercó todavía más, hasta que su nariz rozó la de Daphne. - Te quiero, Daff- susurró. Daphne volvió a sentir los sentidos de su corazón, aunque ahora muy acelerados. - ¿De verdad? Simon asintió acariciándola con la nariz. - No pude evitarlo. Daphne sonrió. - Eso no es muy romántico. - Es la verdad- continuó, encogiéndose de hombros-. Sabes mejor que nadie que yo no quería que ocurriera nada de esto. No quería una esposa, no quería una familia y, sobre todo, no quería enamorarme- le dio un suave beso en los labios, haciendo que los dos cuerpos se estremecieran-. Pero lo que no había pensado- la besó otra vez-, para mi desgracia- y otra-, es que sería casi imposible no quererte. Daphne cayó rendida a sus brazos. - Oh, Simon- susurró. Él la besó en la boca intentando demostrarle con su beso lo que todavía estaba aprendiendo a expresar con palabras. La quería. La adoraba. Podría caminar sobre fuego por ella.Tenía... ... a sus tres hermanos mirándolos. Separándose de ella, se giró de lado. Anthony, Benedict y Colin seguían allí. Anthony estaba mirando el techo, Benedict hacía ver que se miraba las uñas y Colin los estaba mirando descaradamente. Simon abrazó con más fuerza a Daphne y preguntó: - ¿Qué diablos haceis aquí todavía? Como era de esperar, ninguno de los tres supo qué decir. - Fuera- dijo Simon. - Por favor. El tono de Daphne no fue exactamente educado. - Está bien- dijo Anthony, dándole una cachetada a Colin en el cuello-. Creo que nuestro trabajo aquí ha terminado. Simon empezó a llevarse a Daphne hacia la escalera. - Estoy seguro de que encontrareis la salida- aseguró. Anthony asintió y empujó a sus hermanos hacia la puerta. - Bien- dijo Simon-. Nosotros nos vamos arriba. - ¡ Simon!- exclamó Daphne. - No creas que no saben lo que vamos a hacer- le susurró al oído. -Pero... ¡Son mis hermanos! - Que Dios nos asista- rogó él. Pero antes de que llegaran al primer peldaño, la puerta principal se abrió junto con una serie de improperios típicamente femeninos. -¿Mamá?- preguntó Daphne, sin acabárselo de creer. Pero Violet sólo tenía ojos para sus hijos. - Sabía que os encontraría aquí-dijo, señalándolos-. De todos los estúpidos y tercos... Daphne no escuchó el resto del discurso de su madre. Simon estaba riéndose demasiado fuerte en su oído. -¡La ha hecho infeliz!-protestó Benedict-. Como hermanos suyos, es nuestro deber... -Respetar su inteligencia para resolver sus propios problemas- lo interrumpió Violet-. Y ahora no parece demasiado infeliz. -Eso es porque... - Y si me dices que es por vuestras amenazas después de irrumpir en su casa como un rebaño de ovejas, te prometo que renegaré de los tres. Los tres se quedaron en silencio. -Está bien- continuó Violet-. Creo que es hora de que os marcheis no, ¿no? Cuando sus hijos no se movieron lo suficientemente deprisa para seguirla, se dio la vuelta y cogió... -¡Mamá, por favor!- gritó Colin-. Por la oreja... Lo había cogido por la oreja. -... no Daphne agarró a Simon por el brazo. Estaba riéndose con tantas ganas que tenía miedo de que fuera a caerse. Violet hizo salir a sus hijos exclamando: -¡Fuera! Luego se giró hacia Simon y Daphne. -Me alegro de verte en Londres, Hastings- dijo, sonriendo-. Una semana más y yo misma habría ido a buscarte.

ADIÓS, RÍOS, ADIÓS, FONTES




Adiós , ríos, adiós, fontes, adiós regatos pequenos, adiós vista dos meus ollos, non sei cándo nos veremos. Miña terra, miña terra, terra donde me eu criei, hortiña que quero tanto, figueiriñas que prantei. Prados, ríos, arboredas, pinares que move o vento, paxariños piadores, casiña do meu contento. Muíño dos castañares, noites craras de luar, campaniñas trimbadoras da igrexiña do lugar. Amoriñas das silveiras que eu lle daba ó meu amor, camiñiños antre o millo, ¡adiós para sempre adiós! ¡Adiós gloria! ¡Adiós contento! ¡Deixo a casa onde nacín, deixo a aldea que conoso, por un mundo que non vin! Deixo amigos por estraños, deixo a veiga polo mar, deixo, en fin, canto ben quero... ¡Quén puidera non o deixar...! Mais son probe, e mal pecado, a miña terra n'é miña, que hastra lle dan de prestado a beira por que camiña ó que naceu desdichado. Téñovos pois que deixar, hortiña que tanto amei, fogueiriña do meu lar, arboriños que prantei, fontiña do cabañar. Adiós, adiós que me vou, herbiñas do camposanto, donde meu pai se enterrou, herbiñas que biquei tanto terriña que nos criou. Adiós Virxe da Asunción, branca como un serafín, lévovos no corasón: pedídelle a Dios por min miña Virxe da Asunción. Xa se oien lonxe, moi lonxe as campanas do Pomar, para min ¡ai! coitadiño, nunca máis han de tocar. Xa se oien lonxe, máis lonxe... Cada balada é un dolor, voume soio, sin arrimo... Miña terra ¡Adiós! ¡Adiós! ¡Adiós tamén, queridiña... adiós por sempre quizais...! Dígoche este adiós chorando desde a beiriña do mar. Non me olvides, queridiña, si morro de soidás... Tantas légoas mar adentro... ¡Miña casiña! ¡Meu lar! ROSALÍA DE CASTRO

PRECIO DE UN CUERPO



Cuando algún cuerpo hermoso, como el tuyo, nos lleva tras de sí, él mismo no comprende, sólo el amante y el amor lo saben. (Amor, terror de soledad humana) Esta humillante servidumbre, necesidad de gastar la ternura en un ser que llenamos con nuestro pensamiento, vivo de nuestra vida. Él da el motivo, lo diste tú; porque tú existes afuera como sombra de algo, una sombra perfecta de aquel afán, que es del amante, mío. Si yo te hablase cómo el amor depara su razón al vivir y su locura, tú no comprenderías. Por eso nada digo. La hermosura, inconsciente de su propia celada, cobró la presa y sigue. Así, por cada instante de goce, el precio está pagado: este infierno de angustia y de deseo. CERNUDA