lunes, 15 de febrero de 2010

Bailando con el diablo (Sherrilyn Kenyon)

La vida de Zarek no ha sido fácil. Como humano se vio condenado a la esclavitud y se convirtió en el chivo expiatorio de todos aquellos que lo rodeaban. Como Dark Hunter tuvo que sufrir un exilio que no le correspondía durante más años de los que cualquiera podría soportar sin perder la razón. Por eso no es de extrañar que se haya convertido en el más desconfiado y solitario de los cazadores. A el jamás le han ayudado, nadie lo ha cuidado, ni siquiera se le ha permitido tener un escudero. Rechazado, incluso, por sus compañeros de “profesión”, se ha visto condenado a una existencia gris, solitaria, errante. Nunca nadie le ha dedicado una palabra de cariño, ni un abrazo, ni una sonrisa. Durante siglos ha tenido que ver por la ventana las celebraciones de otros sin tener, jamás, nada que celebrar. Las puertas siempre han permanecido cerradas para él pues nadie lo ha deseado en su casa, ni siquiera cuando el frío entumecía los músculos y la nieve lo cubría todo. En esos casos, Zarek se veía obligado a sentarse en la nieve, a la espera de que amainase, o a volver a su pequeña cabaña y encogerse en un rincón. Sin embargo, lo más duro, han sido los largos veranos en los que el sol no se decidía a esconderse y él tenía que permanecer en la oscuridad, sin agua ni alimento, durante interminables horas.


Por eso, cuando Artemisa se decide, por fin, a acabar con su lamentable existencia, no se sorprende en absoluto. Ni siquiera cuando descubre que uno de sus enviados es el único amigo que ha tenido nunca. La traición y el desprecio son ya elementos habituales en su vida y la esperanza un sentimiento del que desconoce el significado. Pero Z ha aprendido a luchar aun cuando lo que verdaderamente desea es perder el combate y no está dispuesto a rendirse esta vez. Lo que sí le sorprende es que una hermosa joven invidente esté dispuesta a ayudarlo. Poco acostumbrado como está a las muestras de cariño, le resultará mucho más difícil aceptar el cariño de la joven que luchar contra sus enemigos.


Astrid está hastiada. Durante el tiempo que lleva como jueza no ha logrado hallar a nadie inocente y empieza a preguntarse si no será cierto que la bondad no existe. Está cansada de que intenten manipularla, engañarla o amenazarla para conseguir que los perdone. Así, cuando Artemisa le pide que juzgue a un tal Zarek está convencida de que no es más que una nueva pérdida de tiempo. Pero el hecho de que Ash, el hombre más digno de admiración que ha conocido nunca, le ruegue que sea ella la que lo haga le hace plantearse si no estará equivocada. Tal vez, a pesar de todo, todavía quede alguien que merezca la pena...


Cuando Zarek y Astrid se conocen sus dos mundos chocan irremediablemente. Astrid es una mujer acostumbrada al cariño pues sus hermanas y su madre siempre la han adorado, mientras que Z es un hombre que se ha criado entre malos tratos, muestras de desprecio y rechazo. Es, pues, imposible que consigan llevarse bien... Pero Astrid no desea juzgar a aquel individuo a la ligera. Aprecia demasiado a Ash como para fallarle en esto. Por eso, a pesar de los malos modos y la rudeza del Dark Hunter, se niega a sentenciarlo sin conocer los motivos que lo han llevado a convertirse en quien es. Cuando, ayudada por uno de los cazadores oníricos, logra entrar en los sueños de Z se da cuenta de que no se ha equivocado. Zarek se merece una oportunidad aunque no será nada fácil conseguírsela.

He tardado mucho en leer esta novela y me arrepentiré de ello hasta el último día de mi vida. Zarek es uno de los cazadores más fascinantes, más atormentados, más huraños, más bruscos pero, sobre todo, más dulces que han pasado por mis manos. Su historia, después de la de Ash es, en mi opinión, la más trágica y estremecedora de cuantas ha escrito la señora Kenyon. Con una mezcla de tragedia y comedia, Sherrilyn consigue que el lector conecte con Z desde el primer momento y sienta la desesperación del Dark Hunter ante las injusticias de su vida. Sin duda se merece un 9 ya que el 10 está reservado para Acheron.