"El conde sintió un dolor punzante en el corazón como nunca había sentido. Si ella moría, él no querría seguir viviendo" Julia, Karen Robards.

martes, 30 de marzo de 2010

Perdida

Estaba perdida. Completa e irremediablemente perdida. Desde que había pisado por primera vez el suelo de aquella ciudad se había dado cuenta de que la vida allí no sería nada fácil y ahora, después de dos horas dando vueltas sin rumbo en busca de una dirección que todos parecían conocer pero que nadie era capaz de indicarle correctamente, se había convencido totalmente. Londres era la peor ciudad del mundo. Y ella tendría que pasar allí los próximos seis meses.

Soltando un bufido con el que pretendía aliviar su mal humor pero que sólo sirvió para que los viandantes que pasaban junto a ella en ese momento le lanzaran miradas de reprobación, se sentó con las piernas cruzadas... en medio de la acera. Hasta ese momento le había dado la ligera impresión de que aquellos individuos la observaban de un modo extraño, como analizándola, algo que a ella no le gustaba nada. Mas desde el mismo instante en que su trasero se apoyó sobre el pavimento no le quedó la menor duda. Aquellos ingleses la miraban como si fuese algún ser exótico que acababa de escapar de un circo. Cubriéndose la cara con las manos para evitar distraerse con alguna de aquellas miradas de consternación, analizó su situación.

Había llegado a Inglaterra convencida de que su estancia en aquel lugar sería maravillosa. Iba a cumplir su sueño de conocer Londres, sus monumentos, sus costumbres...

Y, desde luego, a todos los atractivos aristócratas que lo poblaban.

Había pasado la mayor parte de su adolescencia encerrada en su cuarto, sumergida en el universo romántico que sus novelas favoritas le mostraban. Había descubierto que Inglaterra era el país de la aristocracia, un lugar en la que los duques y los condes salían de los lugares más insospechados en cuanto una jovencita se hallaba en peligro, dispuestos a salvarlas y a dejarse atrapar en un matrimonio que los haría felices para siempre. Había soñado con ser una de esas afortunadas damas y había aprovechado la primera oportunidad que se le había presentado para hacer realidad su sueño. No era una mujer pasiva. No iba a esperar sentadita en su casa a que el príncipe azul llamase a la puerta. No, desde luego...

Al menos lo buscaría para darle su dirección.

Y, sin embargo, ahí estaba. Cansada de seguir indicaciones que la llevaban siempre al mismo sitio. Perdida en medio de inmensas calles cuyos nombres ni siquiera comprendía. Aburrida de que pasase el tiempo sin que lograse descubrir dónde demonios se hallaba la dichosa casa en la que se suponía que debía trabajar durante su estancia en aquel lugar. Casa en la que, por cierto, debían estar esperándola...
¡Desde hacía más de una hora!

Sí, desde luego, aquella era una magnifica forma de empezar. Llevaba un par de horas en Londres y estaba ya a punto de ser despedida. Y, mira tú por donde, allí no había ningún aristócrata dispuesto a echarle una mano.

Frunciendo el ceño, volvió a leer la nota en la que la señora Márquez le había anotado la dirección de su sobrino. La buena mujer le había explicado que el hombre vivía en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Le había hablado de un West End o algo así y de un sitio llamado Mayfair. Sabía que no podía estar muy lejos ya que, desde hacía un buen rato, todas las indicaciones que le daban los escasos transeúntes que tenían la amabilidad de detenerse cuando les pedía ayuda la llevaban, prácticamente, al mismo sitio. Tal vez todos los habitantes de aquel lugar se habían puesto de acuerdo para burlarse de ella. Quizá, sencillamente, era ella la que no lograba comprender lo que le decían. Su inglés era medianamente aceptable pero, aún así, había muchos términos que escapaban a su comprensión.

Girándose repentinamente se dirigió al hombre que, en ese momento, pasaba a su lado.

- Disculpe, señor... ¿Podría ayudarme?

El individuo se detuvo bruscamente, el mal humor reflejado en su rostro, y clavó sus ojos en los de ella. En ese mismo instante, Amelia se dio cuenta de que había cometido un error. Aquel hombre la miraba fijamente, los rasgos tensos a causa de la ira contenida, los puños apretados en un intento de contenerse. Sin embargo, no fue por su expresión por lo que la joven supo que se había equivocado. No, ella no se asustaba fácilmente. Lo que la hizo comprender que acababa de cometer la mayor equivocación de su vida fue una cosa bien distinta. Aquel era el individuo más atractivo que había visto jamás. Sus ojos, del azul más intenso que ella había visto nunca, estaban rodeados por unas pestañas tan largas que parecía un pecado que pertenecieran a un hombre. Sus labios, aun cuando estaban fuertemente apretados formando una fina linea, se veían suaves y llenos. Su pelo, negro como el ala de un cuervo y más corto de lo que dictaba la moda, se encontraba pulcramente peinado hacia atrás. Su cuerpo...

- ¿Va a seguir observándome durante el resto de la tarde o va a decirme de una vez qué demonios quiere?-gruñó, con impaciencia, el individuo-. Tengo cosas que hacer y, en este momento, no tengo ningún deseo de que coquetee conmigo. Si desea examinarme en profundidad le ruego que venga en otra ocasión. Le aseguro que estaré encantado de complacerla.

Yo...

¿Cómo era posible que aquel individuo le hablase de un modo tan descortés?

Yo...

¿Quién demonios se creía para hablarle de aquella forma?

Yo...

¿Por qué demonios no era ella capaz de formar una frase coherente mientras él mantenía su exasperada mirada fija en la suya? Estaba segura de que, hasta hacía un momento, tenía más de una neurona y dominaba a la perfección el arte de enlazar varias palabras...

- ¿Coquetear?- inquirió, incrédula-. ¿Acaba de acusarme de coquetear con usted?

- ¿Acaso no es lo que ha estado haciendo, observándome descaradamente sin ningún reparo?

- Coquetear- repitió ella, como si, de repente, no comprendiera el significado de aquella palabra-. Coquetear...

El hombre soltó un bufido exasperado.

- Mire, de verdad, tengo muchas cosas que hacer...

- ¡Me ha acusado de coquetear con usted!- tronó Amelia, como si acabase de darse cuenta de lo que significaba aquella palabra-. ¡Es usted un maldito arrogante! Siento comunicarle, señor, que no me fijaría en un individuo como usted ni aunque fuese el último habitante de Londres. No, de Inglaterra. No, mejor todavía, no me fijaría en usted ni así fuera el último hombre sobre la tierra y de nosotros dependiese la supervivencia de los seres humanos.

- Milady- replico, malhumorado-, no tengo...

- ¡Cállese, sucio bastardo! Ya me ha quedado claro que no tiene tiempo. Váyase a donde sea que se dirijan los demonios como usted y no se preocupe por mi. Encontraré la casa del dichoso Wakefield yo sola ya que, por lo que parece, en esta ciudad nadie sabe dar una maldita dirección correctamente.

Por un instante, la mirada del individuo pareció intensificarse y un músculo se tensó en su mejilla. Mas, de repente, su rostro se relajó y una leve sonrisa asomó a sus labios.

- Buenas tardes, señorita- se despidió-. Espero que llegue a su destino sin incidentes.

Con las mejillas arreboladas por el enfado, Amelia lo vio alejarse. Aquel tipo era un grosero. Si todos los ingleses eran como él, su estancia en la ciudad no iba a resultar tan maravillosa como había pensado. Sacudiendo la cabeza, intentó alejar su mente de él. De lo que debía preocuparse era de encontrar la casa cuanto antes. Estaba segura de que el marqués sería mucho más agradable que aquel tipo.

2 comentarios:

Kyra Dark dijo...

Jur!! Tiene muy buena pinta esta historia! No tardes en continuarla!!
Besitos

fani dijo...

Muchas gracias!! ^_^
Biquiños!!

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